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CARTA DE BENITO JUAREZ A MATIAS ROMERO*

Sr. D. Matías Romero, Washington**

Benito JuarezMi querido amigo: Por su carta de 14 de noviembre pasado y por las comunicaciones oficiales, que remite al ministerio, quedo impuesto de que las cosas han cambiado en esa de un modo favorable a nuestra causa, lo que celebro mucho, pues estaba yo muy inquieto por las noticias que corrían, de que ese gobierno estaba dispuesto a reconocer el imperio de Maximiliano. Así tendremos a lo menos una cooperación negativa de esa república, pues en cuanto a un auxilio positivo, que pudiera darnos, lo juzgo muy remoto y sumamente difícil, porque no es probable siquiera que el sur ceda un ápice a sus pretensiones y en tal caso, ese gobierno tiene que concluir la cuestión por medio de las armas, y esto demanda mucho tiempo y muchos sacrificios.

La idea que tienen algunos, según me dice usted de que ofrezcamos parte del territorio nacional para obtener el auxilio indicado, es no sólo antinacional, sino perjudicial a nuestra causa. La nación por el órgano legítimo de sus representantes ha manifestado de un modo expreso y terminante, que no es su voluntad que se hipoteque, o se enajene su territorio, como puede usted verlo en el decreto en que se me concedieron facultades extraordinarias para defender la independencia y si contrariásemos esta disposición, sublevaríamos al país contra nosotros y daríamos una arma poderosa al enemigo para que consumara su conquista. Que el enemigo nos venza y nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar ese atentado, entregándole voluntariamente lo que nos exige por la fuerza. Si la Francia, los Estados Unidos o cualquiera otra nación se apodera de algún punto de nuestro territorio y por nuestra debilidad no podemos arrojarlo de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren. Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándolos de un buen derecho, que más valientes, más patriotas y sufridos que nosotros lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día.

Es tanto más perjudicial la idea de enajenar el territorio en estas circunstancias, cuanto que los estados de Sonora y Sinaloa, que son los más codiciados, hacen hoy esfuerzos heroicos en la defensa nacional, son los más celosos de la integridad de su territorio y prestan al gobierno un apoyo firme y decidido. Ya sea, pues, por esa consideración, ya sea por la prohibición que la ley impone al gobierno de hipotecar o enajenar el territorio nacional y ya sea en fin porque esa prohibición está enteramente conforme con la opinión que he tenido y sostenido siempre sobre este negocio, repito a usted lo que ya le he dicho en mis cartas de 22 de diciembre último y posteriores, a saber: que no sólo debe usted seguir la patriótica conducta que ha observado de no apoyar semejante idea, sino que debe usted contrariarla trabajando por disuadir a sus autores haciéndoles presente las funestas consecuencias que nos traería su realización.

Celebro que haya usted quedado satisfecho de la opinión que observó en el ejército del general Grant respecto de nuestra causa. Esa opinión y la que ha manifestado mister Seward son una garantía que podremos tener de que el imperio de Maximiliano no sería reconocido por ese gobierno. Es lo único positivo que podemos esperar por ahora de esa república.

No me extiendo a más porque bajo la impresión del profundísimo pesar que destroza mi corazón por la muerte del hijo a quien más amaba, apenas he podido trazar las líneas que anteceden. Digo por la muerte del hijo a quien más amaba, porque según los términos de la carta de usted que recibí anoche, he comprendido, que sólo por lo funesto de la noticia, no me la ha dado usted de un golpe; pero en realidad mi amado hijo ya no existía, ya no existe. ¿No es verdad? Con toda mi alma deseo equivocarme y sería yo muy feliz si por el próximo correo que espero con verdadera ansiedad se me dijera que mi hijo estaba aliviado. ¡Remota esperanza que un funesto presentimiento desvanece, diciéndome que ya no hay remedio!

Adiós amigo mío. Sabe usted que lo aprecia su inconsolable y afectísimo.

Benito Juárez

*Carta de Benito Juárez a Matías Romero, desde Chihuahua, enero 26 de 1865.

** Benito Juárez encabezó la lucha contra la intervención extranjera, en tanto que Matías Romero (1837-1898), diplomático liberal, fue Ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores y Representante del gobierno ante los Estados Unidos. En la carta se subraya la determinación de defender la integridad del territorio nacional y, en caso de infortunio, salvaguardar el derecho de las generaciones venideras de reivindicarla.

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JUAREZ SIGUE PRESIDIENDO LA MARCHA DE MEXICO El tiempo agiganta su figura

VICENTE LOMBARDO TOLEDANO

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Hay figuras que con el correr el tiempo empequeñecen y otras que se agigantan. En el campo de la filosofía las que se mantienen siempre vivas son las que ahondaron en la esencia del hombre. En la ciencia, las que descubrieron las leyes de la naturaleza. En la técnica, las que aplicaron los hallazgos científicos para mejorar la vida de la sociedad. En el arte, las que expresaron el deseo congénito al espíritu de elevarse hasta la cima del pensamiento. En la política, las que defendieron a los pueblos contra sus enemigos, venciéndolos, y les mostraron su porvenir.

La figura de Benito Juárez se ha agigantado. Las calumnias y las injurias que durante más de un siglo han volcado contra ella los elementos conservadores de México, no han afectado su personalidad, a semejanza de la espuma de la marea que sólo llega a los pies de la montaña que domina el océano. El pueblo lo ama sin comprender en toda su magnitud lo que hizo por su patria y por la libertad de todos los pueblos oprimidos. Lo ama porque fue un indio, conciencia lúcida de los verdaderos amos de su tierra. Lo ama porque siendo mexicano derrotó al invasor extranjero que se creía superior en todos los aspectos de la existencia a un pueblo de color oscuro sin acceso a los beneficios de la civilización que consideraba su patrimonio. Lo ama porque el pueblo sólo otorga su afecto a quienes lo comprenden y lo sirven.

El intelectual -el que usa la inteligencia para conocer la verdad y captar la belleza ofreciéndolas a sus semejantes- ama a Juárez porque sabe que puso fin a la Edad Media como concepción de la vida en América, inició la época moderna, formuló el alegato más vigoroso hasta hoy contra el imperialismo, y dio confianza a los pueblos débiles en la fuerza invencible de su derecho a vivir libres si saben defenderlo.

Pero en donde el amor a Juárez adquiere el valor de liturgia cívica llena de emoción reverente, es en la juventud, que de un modo espontáneo recuerda sus enseñanzas para que la luz que encierran siga alumbrando el camino de México, el 21 de marzo, recuerda que Juárez está con el pueblo y en el pueblo y encarna en cada nueva promoción humana.

¿Por qué la juventud? Porque Juárez creó los primeros centros de enseñanza superior basados en la ciencia, opuesta a los fanatismos ya los prejuicios seculares. Porque fue el primer gran educador del Nuevo Mundo, el autor de la Escuela Nacional Preparatoria y el impulsor de los Institutos Literarios y Científicos, transformados hoy en Universidades, de las que salieron los constructores del México de nuestro tiempo.

En las ceremonias en honor de Juárez participan los tres poderes del Estado y los jefes del ejército. ¿No fue acaso el Presidente Indígena el inspirador de los “chinacos”, herederos de las muchedumbres mal armadas de Hidalgo y de los heroicos guerrilleros de Morelos? Pero los jóvenes los dirigen. Vestidos de tiesta adoptan la actitud de sacerdotes de un culto en el que cualquiera falla a las normas previstas resulta imperdonable. Hay que ver la celebración, en Toluca, con un protocolo encantador por rígido e ingenuo, en un escenario adornado de flores blancas, en el que se enlazan armoniosamente el discurso grandilocuente, la peroración conceptuosa, la música y el canto de la poesía lírica. Es un homenaje puro al más puro de los mexicanos y en Durango, los estudiantes de la Universidad Juárez del Estado hacen guardia durante veinticuatro horas consecutivas ante la estatua del Benemérito de las Américas, ataviado a la europea como acostumbraba, para simbolizar en su persona al pueblo mestizo surgido de la fragua de la conquista. Los segundos que por turno casi militar pasan los jóvenes ante la efigie del patricio, les bastan para renovar su fe en el futuro de México, que mañana vivirá con cabal autonomía y con el señorío congénito de las tribus que lo fundaron.

Desgraciado el que mira atrás, porque puede petrificarse, como dice la sabia metáfora de la mujer de Lot en la Biblia. Pero sólo puede aplicarse a los que renuncian al porvenir por añorar el pasado. No a quienes buscan en la historia lecciones y advertencias para evitarse tropiezos, ni a los que se sienten firmes en el presente porque son los herederos de las verdades inmarcesibles de ayer, y miran hacia adelante con la confianza de los que navegan seguros de llegar al puerto elegido.

El retrato de Juárez preside cada una de las aulas de las escuelas de la Universidad, y su espíritu se halla en el ambiente de la hermosa región poblada de árboles y sembrada de jardines en la que se han ido levantando los edificios de la ciudad del saber en el valle del Guadiana. Todo incita al estudio y a la discusión que ensancha los conocimientos y abre el camino para marchar sin temores.

País sin crisis porque ha vivido en ella desde hace largos años, a causa del estancamiento de sus fuerzas productivas y de la ignorancia o de la falta de ímpetu de sus gobernantes, Durango ha de resurgir por el ánimo de su nueva generación que quiere vivir al ritmo veloz de otras regiones de la patria, dentro del desarrollo general de la humanidad de nuestra época.

Mientras la juventud mantenga el fuego sagrado que encendió Benito Juárez para alentar a su pueblo, y lo encomiende a la que debe sucederle para que nunca se extinga, nuestro pueblo ensanchará la ruta que ha de llevarlo a la felicidad por la que todos han luchado sin tregua ni fatiga.

Durango, viernes 12 de marzo de 1965.

*Artículo publicado en la revista Siempre!, el 24 de marzo de 1965.